Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Juan 3:16
Juré que en el metro se cantaban los números de la lotería. En el último vagón hablaba una mujer demasiado alto, pero no llegaba a comprender lo que decía. <<¡Primeeerrrr número!: veiiiinticinco, primer número: veinticinco. ¡Segundo número!…. trrreinta y sie….>> ¿A las 2 de la tarde?
A mí qué me importa lo que está diciendo o qué números salieron en la loto, mejor me concentro en el libro. La tipa se cambió de vagón, se oye más cerca. Todavía es muy bajito para averiguar qué dice y no perderé mi tiempo en medio de un cuento de… mierda, vino pa’cá.
“¿Usté cree que se va a quedar? ¡dioss le ha puessto la opciones en su manos! Usté decide si acetarrrr o no acetarrr” (fuck man, no te rías, tú puedes, no te rías). Leo con dificultad, es difícil ignorar la voz teatral casi forzada comedora-de-eses, más que ahora la tipa notó que no la escuchaba y se movía trazando quesiyocuantas figuras al frente mío. “No se distraiga de las cosas del mundo” (what?) “los estudio, la música, la cosas de la carne no se van con usté; yo aceté y me mantengo ¡fiel!, ¡FIEL! A la palabra del señor jesucrito amén gloria a dioss glorificado santo sea señor dador de todo oh tuya es mi vida ¡ALELUYA! Yo aceté y seré salva…”
Había estado en actitud de héroe de batalla, subiendo los brazos como el que levanta pesas y eventualmente dejando que su índice pareciera alguna especie de zanahoria de hule temblorosa. Me horrorizaban el “amén” que colectivamente replicaban y la tranquilidad del oficial junto a la puerta. Idiotas de mente corta. Nadie tiene derecho a hacerme escuchar lo que no me interesa y menos, mucho menos, interrumpir mi lectura de Cortázar.