Voyeurismo Auto Etnia

Se repartieron en un largo camino de pueblo y montañas desaboridas y cabañitas de colores tropicales. Era una noche de torsión aburda, de esas que tantean la oscuridad y el claro de luna, mas no se deciden por las tinieblas, ni el farol de queso, ni una sonata. De hecho, había hecho un voto de silencio. Los cuerpos de blanco oirían la noche a través de las curvaturas del espacio y del recuerdo.

El viento trasladaba el crujir de las hojas, o al menos eso veía. Por la derecha vio una pareja llegar; la mujer delgada, demasiado blanca y de largos rectos cabellos negros derramó  una clara bata sobre  la madera barnizada, mientras él, borroso, le abrazaba desde atrás con una parsimonia digna del luto nocturno. Así la pudo descubrir, en la bella nada sonora, a la izquierda. Desnuda de piel bronceada y pelo ondulado  voluminoso, se giraba hacia él dentro de su  abrazo translúcido, y acariciaba su rostro con torpeza.

Fijó sus ojos al frente: se besaban apasionadamente, sabía sentía que aquellas manos bajaban por el tan rizado pelo, la fina espalda de ámbar y comprimían los glúteos firmes al compás del delicioso sonido hueco de lo cóncavo y convexo, irradiado bajo las telas blancas, liberado… nunca, aún así en su mente.

Arriba reconoció la gran morena de cabello cortísimo y melones tropicales, de espaldas sobre la cama, mirándola fijamente mientras gemía, aruñaba y se aferraba al volumen de aire, o en golpes súbitos temblaba y subía y bajaba la pelvis. Sintió hizo miró ese cuerpo girar y humedecerse hasta que las sábanas acompañaron las sedas  en el piso y él disparaba el último grito (quizá más grave o con menos vibrato de lo pensado, definitivamente procedente del borde de la cama).

Llegó un instante sin provocaciones de ideas de sonido, justo como lo había concebido la noche en su pacto. Ella vio los espejos, los cuatro, fieles a su imagen estática.  Quizás a él, de nebuloso a nada, era imposible verle (a consecuencia, también oírle, aunque bastaba  sentirlo),  pero ver su metaetniamorfosis en una noche silente era un placer cuadrangular.

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