Who is like God?

I sense the man

but defining him is the art

of interring bullets into a wall

of feathers

of mingling the air within their barbs

until one grasps his breath

and observes his essence:

are you like God or aren’t you?

If I were inhaled into your awoken tissues

and BloodBalled the wall,

If every quill were an idea

dormant at the threat of bloom,

could we lie on them on broken night crystals?

If time branched among sheets of ice

and on millions of instants I learned your body,

If lying on each other networked every neuron and thought,

could I yell Eureka?

If you weaved medullas and pierced tongues

to a domain-range sonata

doodling axes through sweaty umbilici,

fluttering under curves around limits through

the inflections of silence

Will I find proof of divinity?

El Segundo de mi Hora

El Segundo de mi Hora


Tropecé. Nueve punto ocho metros por segundo al cuadrado, treinta y dos pies por segundo al cuadrado en el Sistema Inglés…

De no haber sido por mi tan tempranamente nacida obstinación por explicar hasta el pestañear de manera científica y añadirle un toque filosófico, todo hubiese sido súbito y poco mortificante. Al menos sé que el proceso no es doloroso. Me pregunto a quién debo agradecer, si a la madre evolución o a Dios. Dicen que hasta el más ateo ¡muere con esa palabra en los labios!  Quizás debo ya arrepentirme. Dios, (si existes) perdona este simple mortal, pecador per natura que ha obviado tu palabra y dado la espalda a tu plan divino, cuya ceguera física utilizó como excusa para espantar la fe… ¡Ja, nada menos que hilarante! ¡Qué ridículo, qué estúpido! O talvez siempre lo he sido, y sólo en estos últimos segundos caigo en cuenta. Un momento, un momento… Unas fraccioncitas de segundo y me detengo a pensar… ¡Otra dimensión del tiempo, ver mi vida pasar frente a mis ojos en tan sólo…! Demasiadas películas en una muy interesante vida. De una u otra forma, agradezco a quien sea o lo que sea porque a la hora de mi hora (o al segundo de mi hora) mi cuerpo se destrozará contra un suelo, quizás de tierra, o de concreto, y yo no sentiré nada. Estallarán un par de mis vísceras, me fracturaré algunas costillas, se hundirá el fémur en mi pelvis y mi cráneo pasará a ser un cascarón de huevo lanzado contra la ventana del vecino. Aún una hemorragia o el shock traumático me lleve al final, yo no sentiré nada. Ante el peligro, mi cerebro reaccionará y justo en el momento, me dejará en “apagón neurológico”, una inconsciencia temporal y adiós al patetismo de la vida, adiós al olor inolvidable de la tinta, porque ¡yo no sentiré nada!

Ahora hasta mi reloj biológico se burla de mí, con su complejo de cronómetro de marcha inversa, y me indica el cinco. Con todo derecho, desearía terminar en el prometido Edén o en el mil veces elogiado Monet que nunca vi, y, cuatro, sumergirme en la infinita melodía de la Sinfónica Celestial y degustar los platos gourmet de la Gran Bóveda Restaurant. Aunque tres seguro estoy de que lo realista es considerar tomar un sauna de lava con el señor Satanás, o divertirme aplastando a Hitler en una partida de billar. ¡Ahí está! –dos. ¿Es ese Pedro extendiendo la mano? ¿Una paraeidolia en medio de mi absoluta oscuridad? ¿No debería entonces ver un túnel? Uno. Madre, quiero regresar, no puede ser… ¡agua!